Desde nuestra universidad se desarrollan experiencias pedagógicas que buscan responder a los desafíos actuales de la formación profesional, integrando tecnología, reflexión crítica y compromiso territorial. En ese marco, la licenciada María Laura Lachalde, especialista en orientación educativa y ocupacional y docente de las carreras de Psicología y Psicopedagogía, impulsa propuestas innovadoras que incorporan inteligencia artificial como herramienta didáctica, con un fuerte anclaje en la práctica y la ética profesional.
Las iniciativas surgen del trabajo cotidiano en la cátedra de Orientación, donde Lachalde participa activamente en la actualización de contenidos y metodologías. El objetivo es claro: que las y los estudiantes no se limiten a conocer marcos teóricos, sino que puedan ensayar el rol profesional, reflexionar sobre su propia implicación y adquirir herramientas para intervenir en contextos reales y diversos.
«Siempre me interesó que el espacio curricular no quedara en lo declarativo”, explica la docente. “La orientación es una práctica, un encuentro con otro y eso no se aprende solo leyendo, sino haciendo, problematizando y volviendo a pensar”.
Una de las experiencias más significativas desarrolladas en la cátedra es la creación de personajes virtuales que simulan consultantes de orientación. A través de una plataforma de inteligencia artificial, la docente diseñó perfiles con distintas edades, trayectorias educativas, identidades de género y contextos sociales, con el objetivo de que las y los estudiantes puedan realizar una primera entrevista de orientación.
Consultada sobre el sentido pedagógico de esta propuesta, Lachalde señala que la intención es “acercar a los estudiantes a la práctica profesional en un entorno cuidado, antes del encuentro con personas reales”. La experiencia permite poner en juego la escucha, la formulación de preguntas, el manejo del encuadre y la capacidad de sostener la incertidumbre.
Uno de los aprendizajes que aparece con más fuerza, según relata la docente, es la dificultad inicial para escuchar sin intervenir de manera apresurada. “Muchos estudiantes tienden a dar consejos o soluciones rápidas. La actividad nos permite trabajar sobre la espera, la neutralidad y la importancia de no proyectar las propias ideas sobre el otro”, explica.
Entre los personajes diseñados se encuentra el de un adulto mayor atravesando una etapa de transición vital. Este perfil abrió debates específicos sobre orientación a lo largo de la vida, edadismo y prejuicios socialmente instalados. En el transcurso de las entrevistas, incluso, la inteligencia artificial fue modificando su modo de respuesta, lo que permitió reflexionar sobre los límites, los sesgos y los procesos de aprendizaje de estas tecnologías.
“En un momento, los estudiantes se olvidan de que están hablando con una inteligencia artificial”, cuenta Lachalde. “Se posicionan plenamente como profesionales, y eso es muy potente desde lo formativo”.
Otra de las propuestas impulsadas en la cátedra apunta al uso de herramientas de inteligencia artificial para la producción académica. En este caso, las y los estudiantes trabajan con plataformas que generan presentaciones o síntesis a partir de consignas específicas. Luego, esas producciones son comparadas con la bibliografía obligatoria y los contenidos desarrollados en clase.
Frente a la pregunta sobre si estas herramientas reemplazan el trabajo intelectual, la docente es clara: “La idea no es delegar el pensamiento en la tecnología, sino usarla como disparador. Cuando comparamos lo que produce la IA con los textos teóricos, aparecen errores conceptuales, simplificaciones y omisiones que obligan a releer, a discutir y a profundizar”.
Este ejercicio también habilita una reflexión más amplia sobre la circulación del conocimiento en entornos digitales. Las y los estudiantes identifican fallas, referencias incorrectas e incluso imágenes mal utilizadas, lo que refuerza la necesidad de chequear fuentes y sostener una mirada crítica frente a los discursos automatizados.
“Negar la inteligencia artificial no tiene sentido”, sostiene Lachalde. “Lo que sí tenemos que hacer, desde la universidad, es enseñar a usarla de manera responsable, ética y situada. Que no reemplace el análisis propio ni el compromiso con el conocimiento”.
Estas experiencias se articulan con una concepción amplia de la orientación, entendida no como una práctica limitada a la adolescencia o a la elección de una carrera, sino como un proceso que atraviesa toda la vida. “Me interesa mucho sacar el adjetivo ‘vocacional’”, explica la docente. “La orientación tiene que ver con decisiones educativas, laborales, personales y de salud, en distintos momentos y contextos”.
Desde esta perspectiva, la formación universitaria debe preparar a las y los futuros profesionales para intervenir en escenarios complejos, diversos y cambiantes, donde la tecnología es parte del entorno pero no sustituye el vínculo humano. La experiencia de la cátedra muestra cómo es posible integrar innovación pedagógica y extensión universitaria, fortaleciendo una formación crítica, reflexiva y comprometida con la realidad social.
Desde nuestra universidad se valora especialmente este tipo de propuestas, que amplían los modos de enseñar y aprender, promueven el pensamiento crítico y consolidan prácticas formativas alineadas con los desafíos contemporáneos del campo profesional.





