Aunque el acceso de las mujeres a la educación científica ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas, las brechas de género en la ciencia y la tecnología siguen siendo profundas y persistentes. Visibilizar el rol de las mujeres y las niñas en la ciencia no es solo una cuestión de justicia social, sino una condición necesaria para el desarrollo de sociedades más innovadoras, inclusivas y democráticas.
La ciencia y sus relatos: una historia incompleta
Durante siglos, la ciencia fue narrada (y enseñada) como una historia protagonizada casi exclusivamente por varones. Los nombres que pueblan los manuales, los laboratorios emblemáticos y los grandes hitos del conocimiento científico responden, en su mayoría, a una misma figura: el científico hombre, blanco, europeo. Sin embargo, esta imagen no solo es incompleta, sino también engañosa. Las mujeres siempre estuvieron presentes en la producción de conocimiento científico, aunque muchas veces invisibilizadas, relegadas a tareas secundarias o directamente excluidas de los espacios de legitimación.
Hoy, cuando la ciencia ocupa un lugar central en los debates públicos; desde el cambio climático hasta la inteligencia artificial, la salud y la energía, la pregunta por quiénes producen ese conocimiento y desde qué miradas se vuelve inevitable. En ese contexto, la reflexión sobre la participación de mujeres y niñas en la ciencia adquiere una relevancia estratégica.
El origen de una fecha necesaria
La conmemoración internacional dedicada a las mujeres y las niñas en la ciencia surge como respuesta a una realidad contundente: las desigualdades de género en los campos científicos y tecnológicos no son un problema del pasado, sino una tensión vigente y estructural. Organismos internacionales, como las Naciones Unidas y UNESCO impulsaron esta iniciativa con el objetivo de visibilizar las brechas persistentes y promover políticas que garanticen una participación plena y equitativa de mujeres y niñas en todas las áreas del conocimiento científico.
El espíritu de esta jornada no es meramente conmemorativo. Se trata de una invitación a revisar críticamente los sistemas educativos, las instituciones científicas y las culturas académicas que, muchas veces de manera implícita, reproducen desigualdades. La consigna central es clara: sin igualdad de género en la ciencia, no hay desarrollo sostenible posible.
Mujeres en stem: entre el acceso y el techo de cristal
En las últimas décadas, el acceso de las mujeres a la educación superior ha aumentado de forma significativa en muchas regiones del mundo. En numerosos países, representan incluso la mayoría del estudiantado universitario. Sin embargo, esta tendencia no se traduce de manera uniforme en todos los campos del saber.
Las áreas vinculadas a la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (conocidas como STEM por sus siglas en inglés) continúan siendo espacios donde la participación femenina es menor, especialmente en los niveles más altos de jerarquía académica y científica. Si bien muchas niñas y jóvenes muestran interés por la ciencia en etapas tempranas, ese entusiasmo suele diluirse con el paso del tiempo, condicionado por estereotipos de género, falta de referentes y barreras culturales persistentes.
Diversos estudios internacionales coinciden en señalar que la brecha no se explica por una supuesta falta de capacidad, sino por factores sociales, simbólicos e institucionales. La ciencia sigue siendo percibida en muchos contextos como un territorio masculino, competitivo y poco compatible con otros proyectos de vida.
Las niñas y la ciencia: el momento clave
La infancia y la adolescencia son etapas decisivas en la construcción de vocaciones científicas. Es allí donde se configuran las primeras imágenes sobre qué es la ciencia, quiénes pueden hacerla y para qué sirve. Cuando las niñas no se ven representadas en los relatos científicos, cuando los juguetes, los contenidos educativos y los discursos sociales refuerzan estereotipos de género, las posibilidades de imaginarse como científicas se reducen.
Promover el interés de las niñas por la ciencia no implica únicamente fomentar habilidades técnicas, sino también habilitar espacios de curiosidad, experimentación y pensamiento crítico. Implica, además, cuestionar los modelos tradicionales de enseñanza y revisar prácticas pedagógicas que, muchas veces de forma inconsciente, desalientan la participación femenina en áreas científicas.
Desde nuestra universidad, el desafío es acompañar estos procesos desde una mirada inclusiva que reconozca la diversidad de trayectorias y promueva la igualdad de oportunidades. Hablar de mujeres en la ciencia es, necesariamente, hablar de relaciones de poder. No se trata solo de cuántas mujeres acceden a carreras científicas, sino de quiénes toman decisiones, lideran proyectos, obtienen financiamiento y son reconocidas como autoridades en sus campos.
Las brechas salariales, la subrepresentación en cargos jerárquicos y la menor visibilidad en publicaciones y premios científicos son algunas de las expresiones más visibles de estas desigualdades. A ello se suman problemáticas específicas como la dificultad para conciliar la vida académica con las tareas de cuidado, que siguen recayendo mayoritariamente sobre las mujeres.
En este sentido, la igualdad de género en la ciencia no puede pensarse de manera aislada, sino como parte de un entramado social más amplio que interpela a las instituciones, las políticas públicas y las culturas organizacionales.
Hablar de mujeres y niñas en la ciencia es hablar del futuro. Qué tipo de conocimiento queremos producir, para qué y para quiénes. En un mundo atravesado por desafíos complejos, la igualdad de género en la ciencia no es una opción, sino una condición necesaria para imaginar respuestas más justas, innovadoras y sostenibles.





