Cada 25 de julio se conmemora el Día Mundial para la Prevención de los Ahogamientos, una fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas para visibilizar el impacto de esta problemática en las familias y las comunidades, pero también para promover soluciones capaces de salvar vidas. Este año, la campaña impulsada por la Organización Mundial de la Salud lleva como lema “Unámonos para revertir la situación” y convoca a todos los sectores y niveles de la sociedad a trabajar con un objetivo común: reducir los ahogamientos un 35 % de aquí a 2035.
El llamado parte de una realidad urgente. Los ahogamientos se cobran más de 300.000 vidas al año, alrededor de 30 por hora y casi una cuarta parte de las víctimas son niños y niñas menores de cinco años. A nivel mundial, se encuentran entre las diez principales causas de muerte en personas de entre 5 y 14 años.
Sin embargo, gran parte de estas muertes puede prevenirse. La supervisión permanente, la educación en seguridad acuática, el aprendizaje de habilidades básicas de natación, el uso de elementos adecuados y la capacitación para intervenir ante una emergencia son algunas de las principales medidas para prevenir ahogamientos.
La prevención comienza antes de entrar al agua
El ahogamiento no ocurre únicamente en el mar. También puede producirse en piletas, ríos, lagos, canales, pozos, bañeras y depósitos de agua. Puede afectar a niños, jóvenes y personas adultas, incluso cuando saben nadar.
Por eso, los niños y las niñas deben permanecer bajo la vigilancia directa de una persona adulta siempre que se encuentren dentro o cerca del agua. Supervisar significa mantener una atención constante, sin teléfonos celulares ni otras distracciones. La presencia de varias personas alrededor de una pileta tampoco garantiza que alguien esté observando: es importante acordar quién será responsable del cuidado en cada momento.
También resulta fundamental controlar el acceso al agua. Las piletas deben contar con cercos completos y puertas con cierre seguro, mientras que los pozos, estanques y depósitos domésticos deben permanecer correctamente protegidos.
Aprender a nadar y adquirir conocimientos de seguridad acuática brinda herramientas importantes, pero no elimina todos los riesgos ni reemplaza la supervisión, el trabajo de los guardavidas o el respeto por las indicaciones del lugar. Las corrientes, las bajas temperaturas, el cansancio, una lesión o una descompensación pueden poner en peligro incluso a personas con experiencia.
En playas, ríos y lagunas es indispensable respetar las banderas, los carteles, las zonas habilitadas y las indicaciones del personal de guardavidas. También se debe evitar el consumo de alcohol antes de nadar o navegar, no ingresar al agua durante una tormenta y no arrojarse desde muelles, escolleras o sectores cuya profundidad se desconoce.
Los flotadores recreativos, las colchonetas y los juguetes inflables tampoco reemplazan un chaleco salvavidas adecuado. En embarcaciones y actividades acuáticas, este elemento debe utilizarse de acuerdo con la edad, el peso y la actividad que se realiza.
Saber actuar también puede salvar una vida
Reconocer una emergencia, pedir ayuda y actuar durante los primeros minutos puede marcar una diferencia decisiva. La capacitación en reanimación cardiopulmonar, primeros auxilios y utilización de desfibriladores brinda herramientas para intervenir mientras llega la asistencia especializada.
Ante una persona en peligro, se debe alertar inmediatamente al personal de guardavidas o al servicio de emergencias. Quien intenta ayudar no debe ingresar al agua sin entrenamiento ni exponerse innecesariamente. Siempre que sea posible, debe acercar o arrojar un elemento de flotación y seguir las indicaciones de los equipos profesionales.
La campaña de este año recuerda que prevenir los ahogamientos no es una responsabilidad exclusiva de quienes trabajan en espacios acuáticos. Las familias, las instituciones educativas, los clubes, los municipios, los medios de comunicación, los equipos de salud, los empleadores y los responsables de formular políticas públicas tienen un papel que desempeñar. La OMS resume este compromiso compartido en tres principios: cada vida cuenta, cada acción importa y todas las personas pueden contribuir.
Educación y formación para revertir la situación
Desde hace más de una década, la Universidad Atlántida desarrolla acciones de formación, capacitación y concientización relacionadas con el salvamento acuático, la reanimación cardiopulmonar, los primeros auxilios y la atención prehospitalaria.
Una de sus principales iniciativas es el Congreso Internacional de Salvamento Acuático y Socorrismo (CISAS) que reúne a guardavidas, rescatistas, profesionales de la salud, docentes, bomberos y especialistas nacionales e internacionales. A lo largo de sus ediciones, este espacio permitió abordar técnicas de rescate, prevención de accidentes acuáticos, actualización en RCP, manejo del trauma, atención de emergencias y gestión del riesgo.
Durante 2026, el XIII CISAS profundizará especialmente en los riesgos asociados con la baja percepción del peligro frente a los ahogamientos y los accidentes acuáticos. La propuesta incluirá formación teórica y práctica sobre rescate en playas, ríos y piletas, primeros auxilios, atención prehospitalaria y nuevas estrategias para el socorrismo.
Este trabajo se complementa con propuestas académicas como la Diplomatura Universitaria en Reanimación Cardiopulmonar y Atención Prehospitalaria Básica de la Emergencia Médica, que brinda formación en RCP para personas adultas y pacientes pediátricos, utilización de desfibriladores, ventilación, oxigenoterapia, manejo del trauma y atención de víctimas en contextos terrestres y acuáticos.
La Atlántida también ha impulsado cursos específicos, ciclos de webinarios y actividades de intercambio con profesionales de diferentes países, consolidando una línea de trabajo que entiende a la educación como una herramienta esencial para la prevención.
Revertir la situación requiere millones de pequeñas acciones: supervisar, informar, enseñar, capacitarse, respetar las señales y saber pedir ayuda. Ninguna medida aislada puede resolver por sí sola una problemática de esta magnitud, pero el compromiso sostenido de toda la sociedad puede transformar la realidad.
Cada vida cuenta. Cada acción importa. Todos podemos contribuir.





