a psicopedagogía no termina con la escolaridad. Acompañar nuevos aprendizajes, cambios de rumbo, proyectos y decisiones también forma parte de una disciplina que amplía su mirada sobre las distintas etapas de la vida. En ese marco, la Atlántida propone los seminarios “Intervenciones de la Psicopedagogía en el curso de la vida” y «Aprender, reinventarse y proyectar en la adultez y la vejez», a cargo de la Lic. Graciela Lahuerta.
Estudiar una carrera después de los 50. Aprender a usar nuevas tecnologías. Volver sobre una vocación postergada. Pensar qué hacer después de la jubilación. Empezar un emprendimiento, recuperar un hobby o construir nuevos vínculos. El aprendizaje no desaparece cuando termina la escuela ni tiene una edad límite.
Esta mirada amplía también el campo de intervención de la psicopedagogía. Si tradicionalmente la disciplina estuvo muy asociada con la infancia, la escolaridad y las dificultades de aprendizaje, hoy su trabajo alcanza las distintas etapas de la vida y permite pensar cómo acompañamos a una persona que continúa aprendiendo, cambiando y proyectándose a medida que envejece.
Para Verónica Berardi, directora de la Licenciatura en Psicopedagogía de la Atlántida, todavía persiste en la profesión una representación que reduce el trabajo profesional a los primeros años de vida. Pensar al sujeto en situación de aprendizaje permite correr ese límite y reconocer otras intervenciones posibles.
“La orientación vocacional no solamente es para aquellos adolescentes que quieran hacer una carrera, sino también para adultos que quieran hacer una carrera o que, por alguna imposibilidad, algún impedimento o por gusto, desean encontrar otro rumbo”.
Esto implica trabajar con personas que atraviesan momentos y necesidades muy diferentes. Una reconversión laboral en la mediana edad, el comienzo de una carrera universitaria, la llegada de la jubilación o la incorporación de nuevas tecnologías también involucran procesos de aprendizaje que pueden ser acompañados profesionalmente.
Envejecer también es aprender
Comenzar a pensar la vejez recién a partir de los 60 o 65 años es, para Graciela Lahuerta, hacerlo demasiado tarde. Psicopedagoga especializada en el trabajo con personas mayores y docente a cargo del seminario, propone entender el envejecimiento como un proceso que atraviesa toda la vida.
En ese recorrido, la mediana edad puede convertirse en un momento especialmente significativo. Aparecen preguntas sobre las decisiones tomadas, los vínculos construidos, el cuerpo, el trabajo y aquello que todavía queremos hacer. También comienza a hacerse más presente la percepción del tiempo y la posibilidad de revisar expectativas que quizás no se cumplieron como se habían imaginado.
“En la mediana edad empiezo a pensar cuántos años más tengo de vida y aparece la idea de la finitud. Si puedo seguir complejizándome frente a los cambios biológicos propios del envejecimiento, voy a poder transitar un buen envejecer”, destaca la especialista.
La posibilidad de elaborar esos cambios, en lugar de quedar únicamente ligada a aquello que se perdió, abre espacio para construir nuevos proyectos. Y eso no necesariamente comienza con la jubilación. Lahuerta plantea que anticipar esa etapa permite pensar con tiempo qué lugar queremos darle al trabajo y cómo imaginamos nuestra vida después de jubilarnos. En lugar de asumir esta etapa como un corte definitivo, propone incorporarla como parte de las decisiones y los proyectos que podemos empezar a construir antes de que llegue ese momento.
“¿Qué es lo que yo quiero cuando me jubile? ¿Quiero seguir trabajando? ¿Quiero seguir trabajando la misma cantidad de horas? ¿O prefiero estar desde un lugar más de supervisión o de acompañamiento? También puedo no trabajar y dedicarme a aquello que durante muchos años me gustó”.
La pregunta, entonces, deja de ser solamente qué hacer cuando llega la vejez y pasa también por cómo nos preparamos para transitarla.
Acompañar sin quitar autonomía
Trabajar con personas mayores tampoco significa simplemente proponer actividades para ocupar el tiempo. Desde la psicopedagogía, el desafío supone reconocer deseos, decisiones, aprendizajes previos, contextos y necesidades particulares.
Berardi señala que esta intervención está directamente relacionada con derechos como la dignidad y la autonomía. Para hacerlo, también es necesario comprender las características específicas de los procesos de aprendizaje en cada momento vital y contar con herramientas que permitan acompañarlos.
“La autonomía en la vejez no quiere decir estar todos solos. Tiene que ver con tomar decisiones, con que no pierdan su voz, su poder de elegir y su poder de decidir”.
Esa mirada también tiene una dimensión preventiva. El trabajo profesional puede ayudar a reconocer cambios que requieren atención, orientar una consulta o una derivación y acompañar no solo a la persona mayor, sino también a su entorno.
Pero no existe una única manera de aprender en la adultez o en la vejez. La historia personal, los conocimientos acumulados, el contexto y la trayectoria de cada persona forman parte del proceso. Por eso, Berardi define a la psicopedagogía como un trabajo “muy artesanal”.
“Cada uno aprende de manera única e irrepetible. Hay que tener en cuenta la edad, el contexto en el que se desempeña y qué es lo que necesita. A partir de ahí se diseñan las estrategias propias para cada uno”.
Aprender con otros
Los vínculos ocupan un lugar central en este proceso. Lahuerta destaca especialmente el trabajo grupal con personas mayores, porque esos espacios pueden convertirse en redes de pertenencia y permitir que los participantes compartan experiencias con quienes atraviesan momentos similares.
No se trata únicamente del contenido que se aprende. Una clase de historia, geografía, pintura o cualquier otra disciplina puede convertirse también en un espacio para hacerse preguntas, intercambiar experiencias y revisar certezas. Vincularse con pares y con otras generaciones, pedir ayuda sin perder autonomía y participar de actividades sociales forman parte de los factores que pueden favorecer un buen envejecer.
Esos espacios también permiten correr la comparación permanente con la juventud. La Huerta señala que encontrarse con pares posibilita reconocer otras experiencias y otras formas de atravesar los mismos conflictos, en lugar de tomar como única referencia a la persona que uno fue en el pasado.
Las vejeces también cambian
Hablar de personas mayores hoy no significa describir cómo serán quienes envejezcan dentro de 20, 30 o 40 años. Las formas de transitar esta etapa se construyen en contextos determinados y se transforman junto con la sociedad.
Para Lahuerta, pensar esas diferencias implica reconocer que no existe una única manera de envejecer. Las experiencias personales se entrecruzan con dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y culturales que condicionan la forma en que cada persona atraviesa esta etapa.
“La vejez siempre cambia porque tiene que ver con lo cultural. Acá es de un modo y en China o en Japón es distinta. Dentro de 20, 30 o 40 años va a ser muy diferente”.
Esas transformaciones también plantean nuevos desafíos para quienes acompañan los procesos de aprendizaje. Las generaciones que lleguen a edades avanzadas durante las próximas décadas tendrán otras trayectorias educativas y laborales, diferentes experiencias de vida y una relación con la tecnología distinta de la que tienen muchas personas mayores en la actualidad.
Desde la psicopedagogía, esto supone evitar respuestas estandarizadas y revisar de manera permanente las herramientas profesionales. Para Berardi, acompañar un aprendizaje requiere comprender tanto el momento vital como la historia y las necesidades particulares de cada persona.
“No es lo mismo cómo aprende el cerebro de un niño o de una niña, el de un adolescente, el de un adulto y el de un adulto mayor. Hay que tener en cuenta la edad, el contexto en el que se desempeña y qué es lo que necesita”.
La tecnología permite observar algunos de esos cambios en el presente. Aprender a utilizar dispositivos y plataformas digitales puede significar mucho más que incorporar una habilidad: también puede permitir sostener vínculos, comunicarse, acceder a información y continuar participando de distintos espacios sociales.
“El aprendizaje se da con otros, aun a esta edad. Hoy nuestros adultos tienen grandes desafíos con el uso de las tecnologías para seguir conservando sus afectos, seguir teniendo contacto y seguir enterándose de algunas cuestiones”.
Formarse para acompañar otras etapas de la vida
Estas discusiones forman parte de los seminarios “Intervenciones de la Psicopedagogía en el curso de la vida”, una propuesta virtual de cuatro clases.
A lo largo de la formación se abordará quién es el sujeto que envejece y cómo aprende, cuáles son los factores protectores durante esta etapa, cómo puede trabajarse el proceso de jubilación y qué lugar ocupa la evaluación psicopedagógica. La metodología buscará, además, que quienes participen puedan experimentar formas de trabajo similares a las que luego podrán implementar profesionalmente.
“La metodología que vamos a utilizar es exactamente la misma que propongo para trabajar con las personas mayores. Hay que vivenciarla para poder comprender cómo funciona en la práctica” destacó La Huerta.
El seminario está destinado a estudiantes avanzados y graduados de la Licenciatura en Psicopedagogía, así como a profesionales y personas interesadas en la educación y el aprendizaje de adultos y personas mayores. Comienza el viernes 9 de octubre a las 18, se desarrolla de manera virtual y es gratuito para estudiantes de la UA.
La propuesta abre así un campo de formación que también invita a revisar algunas ideas instaladas sobre la profesión. Si las maneras de aprender, trabajar, vincularnos y envejecer cambian a lo largo de la vida y entre generaciones, acompañar esos procesos requiere profesionales capaces de comprender esas transformaciones. Para la psicopedagogía, ampliar la mirada hacia la adultez y la vejez implica también reconocer nuevos espacios de intervención y seguir construyendo herramientas para las vejeces de hoy y las que vendrán.





