Continuar un negocio familiar, cuestionar los mandatos de masculinidad o sostener un trabajo que produce malestar. Esta nueva entrega de Interpelarmente reúne tres reflexiones de estudiantes de Psicología de la Atlántida sobre las expectativas sociales, los deseos personales y las exigencias que atraviesan nuestra vida cotidiana.
Seguir con el negocio que construyó nuestra familia. Cumplir con lo que se espera de un padre. Sostener un trabajo que ya no nos hace bien. Son situaciones diferentes, pero comparten una tensión que atraviesa buena parte de nuestra vida: la distancia que puede existir entre aquello que deseamos y las expectativas que otros depositan sobre nosotros.
Desde pequeños incorporamos ideas sobre lo que deberíamos hacer, cómo comportarnos y qué responsabilidades asumir. Algunas forman parte de nuestros vínculos más cercanos; otras se construyen en las organizaciones, en el trabajo y en los modelos culturales que aprendemos a considerar naturales. Pero ¿qué sucede cuando esas expectativas entran en conflicto con nuestros propios deseos? ¿Cuánto margen tenemos para cuestionarlas, negociar con ellas o construir otros caminos?
En esta nueva entrega de Interpelarmente, la revista de la cátedra de Psicología Institucional y Organizacional de la Atlántida, recuperamos tres artículos que abordan estas preguntas desde experiencias y perspectivas diferentes. Una empresa familiar que atraviesa un recambio generacional, los mandatos que condicionan la participación de los varones en las tareas de cuidado y el malestar que puede producirse en el mundo laboral contemporáneo.
Heredar una empresa no siempre significa tener el deseo de continuarla
Una empresa familiar puede representar mucho más que una actividad económica. En ella conviven historias compartidas, vínculos afectivos, proyectos personales y expectativas sobre el futuro. Pero ¿qué ocurre cuando llega el momento de que una nueva generación asuma su conducción? En El deseo en empresas familiares, publicado en el primer número de Interpelarmente, Oriana María Márquez Mione analiza el caso de un hotel cuya dirección pasa a manos de los hijos de sus propietarios originales. El cambio generacional trae consigo dificultades de comunicación, conflictos entre empleados y directivos, desmotivación y rotación del personal.
La autora propone mirar más allá de los problemas organizativos para preguntarse por el deseo de quienes asumieron la conducción. ¿Quieren realmente continuar con el proyecto familiar? ¿O están respondiendo a una expectativa construida por las generaciones anteriores? La situación se vuelve más compleja cuando los propietarios originales continúan interviniendo en las decisiones. La coexistencia de distintas autoridades puede generar tensiones y dificultar la construcción de un proyecto compartido.
El artículo introduce así una dimensión que muchas veces queda relegada en las discusiones sobre gestión: las personas no necesariamente desean ocupar el lugar que otros imaginaron para ellas. Y cuando esas diferencias no encuentran espacios de expresión, pueden repercutir en el funcionamiento de toda la organización. Frente a este escenario, Márquez Mione propone estrategias de intervención que favorezcan el diálogo entre los propietarios, los nuevos responsables y el personal. La creación de espacios de encuentro, la escucha y la posibilidad de discutir los cambios aparecen como herramientas para revisar las relaciones institucionales.
La reflexión permite comprender que la continuidad de una empresa familiar no depende únicamente de conservar su estructura o transmitir responsabilidades. También requiere reconocer los deseos, las expectativas y los proyectos de quienes participan en ella.
Los mandatos de masculinidad también condicionan el derecho a cuidar
Durante mucho tiempo, la imagen del varón estuvo asociada con la fortaleza, la autonomía, la racionalidad y la capacidad de proveer económicamente. En ese mismo modelo, las tareas de cuidado, la crianza y la expresión de las emociones quedaron vinculadas principalmente con las mujeres. Estas representaciones no solo contribuyeron a una distribución desigual de las responsabilidades familiares. También limitaron las posibilidades de los propios varones para desarrollar otras formas de vincularse, expresar sus emociones y participar activamente en el cuidado de otras personas.
En Las nuevas masculinidades y el derecho a cuidar, publicado en el segundo número de Interpelarmente, Sabrina Lapenta analiza cómo estos mandatos se construyen socialmente y de qué manera pueden comenzar a transformarse. La autora plantea una pregunta que permite reconocer la persistencia de ciertas expectativas culturales: ¿por qué todavía resulta difícil imaginar a un padre como figura central en la crianza?
Aunque las configuraciones familiares y las formas de ejercer la paternidad se han diversificado, en muchas situaciones continúa considerándose que los varones ayudan con las tareas domésticas o con el cuidado de sus hijos, como si esas responsabilidades correspondieran naturalmente a las mujeres. El artículo cuestiona esa distribución y propone pensar el cuidado como una práctica compartida, que no debería estar determinada por el género. Desde esta perspectiva, las nuevas masculinidades abren la posibilidad de construir vínculos más afectivos, responsables y participativos.
Lapenta también recupera aportes de la psicología institucional para explicar cómo determinadas representaciones sociales llegan a naturalizarse. Aquello que una sociedad considera propio de los varones o de las mujeres no constituye una condición inmutable, sino que responde a construcciones históricas y culturales que pueden revisarse. En este sentido, cuestionar los mandatos tradicionales no implica únicamente modificar la distribución de las tareas familiares. También supone ampliar las posibilidades de elección de las personas, para que puedan construir su identidad y sus vínculos sin quedar limitadas por expectativas previamente establecidas.
El derecho a cuidar aparece, entonces, como una dimensión fundamental de esa transformación: reconocer que los varones pueden participar plenamente de la crianza y del cuidado también significa reconocer su derecho a desarrollar otras formas de vivir la masculinidad.
Cuando el trabajo ocupa demasiado espacio en nuestras vidas
Son las siete de la mañana. Suena el despertador, hace frío y comienza una jornada que alguien preferiría no tener que afrontar. La rutina se repite, las obligaciones se acumulan y el trabajo empieza a ocupar un lugar cada vez mayor en la vida cotidiana. Con una escena de estas características comienza Subjetividad en pausa: las instituciones y el malestar en el trabajo contemporáneo, el artículo de Mariana Bobbio publicado en el tercer número de Interpelarmente.
La autora propone reflexionar sobre las exigencias de productividad, las rutinas laborales y las condiciones institucionales que pueden producir cansancio, frustración y pérdida de motivación. Su análisis cuestiona una idea frecuente: que el malestar en el trabajo depende exclusivamente de la capacidad individual para adaptarse, organizarse o afrontar las dificultades. Desde la psicología institucional, Bobbio recupera aportes teóricos que permiten comprender cómo las organizaciones intervienen en la construcción de nuestra subjetividad. Las formas de trabajar, los vínculos, las exigencias y las expectativas de rendimiento también influyen en la manera en que nos percibimos y construimos nuestra identidad.
El artículo aborda, entre otros conceptos, la cultura de la mortificación, desarrollada por Fernando Ulloa, para explicar cómo determinadas prácticas institucionales pueden naturalizar el sufrimiento y dificultar la posibilidad de cuestionar las condiciones que lo producen. Pero la reflexión va más allá del agotamiento laboral. La autora también se pregunta qué sucede cuando nuestra identidad queda demasiado ligada a una profesión, un puesto o una función dentro de una organización.
En ese contexto, las exigencias laborales pueden desplazar otros aspectos de la vida personal. Los intereses, los proyectos y los deseos que no están vinculados con el trabajo corren el riesgo de quedar relegados frente a las obligaciones cotidianas.
Así, Bobbio recupera la importancia de los vínculos, los espacios compartidos y las experiencias que permiten reconstruir el sentido de pertenencia sin renunciar a la singularidad de cada persona. Su propuesta invita a pensar organizaciones en las que el compromiso y la responsabilidad no impliquen necesariamente la pérdida del bienestar o de los proyectos personales.
Reconocer el deseo propio también es una forma de transformar nuestras prácticas
Los tres artículos abordan experiencias diferentes, pero comparten una preocupación por las expectativas que atraviesan nuestras decisiones y formas de relacionarnos. En una empresa familiar, esas expectativas pueden expresarse en la continuidad de un proyecto construido por generaciones anteriores. En los vínculos familiares y sociales, aparecen en los mandatos que establecen cómo deberían comportarse los varones. En el mundo laboral, se manifiestan en las exigencias de productividad y en la importancia que adquiere el trabajo dentro de nuestra identidad.
En todos los casos, las autoras invitan a reconocer que las prácticas institucionales y los modelos culturales no son ajenos a nuestros deseos, vínculos y proyectos personales. También participan en la manera en que construimos nuestras posibilidades de elección.
A través de Interpelarmente, estudiantes de Psicología de nuestra universidad recuperan experiencias, desarrollan preguntas y proponen reflexiones que permiten mirar de otra manera situaciones presentes en la vida cotidiana. Quizás uno de los aportes más interesantes de estos trabajos sea recordarnos que las expectativas no necesariamente deben convertirse en destinos. Reconocerlas, ponerlas en discusión y habilitar espacios de escucha puede ser el comienzo para construir otras formas de trabajar, cuidar y proyectar nuestra vida.





