Un módulo penitenciario, las tradiciones religiosas y el recorrido de la infancia por juzgados y hogares: tres artículos de Interpelarmente que invitan a mirar qué transmiten las instituciones en sus prácticas cotidianas.
Un saludo que se repite, una regla que nadie discute, una ceremonia a la que no todas las personas pueden acceder. Las instituciones no se explican solamente por sus normas escritas. También se expresan en lo que hacen todos los días, muchas veces sin decirlo. ¿Qué lugar les dan a quienes las habitan? ¿Cuánto de lo que parece natural fue construido y, por lo tanto, puede cambiar?
En esta nueva entrega recuperamos tres artículos de la revista de Psicología Institucional y Organizacional de la Atlántida que se acercan a esas preguntas desde escenarios muy distintos. Cada uno tiene su propia mirada, pero los tres ayudan a pensar cómo las prácticas cotidianas pueden limitar, excluir o sostener.
Cuando el encierro alcanza también a quienes trabajan allí
¿Qué sucede con la subjetividad en un contexto de encierro? En “La subjetividad en contextos de encierro: un análisis desde la psicología institucional”, publicado en el primer número de la revista, Johana E. Birnunzio y María de los Ángeles Senra extienden esa pregunta a quienes están privados de su libertad y también a quienes trabajan en estas instituciones, incluidos los guardias.
El texto surge de su experiencia como estudiantes avanzadas de Psicología en un módulo del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, donde se sumaron a un espacio de Psicopedagogía que busca mitigar los efectos negativos del encierro a través de propuestas lúdicas, expresivas y creativas.
Desde allí, las autoras cuestionan una idea extendida: que la libertad pertenece a quienes vienen de afuera y que quienes trabajan en el sistema pueden irse cuando lo deseen. A partir de Fernando Ulloa y su noción de “cultura de la mortificación”, describen un entorno en el que las personas se sienten coartadas y sometidas, con dificultades para cuestionar lo que se les impone.
En ese marco observan un enfrentamiento entre “ellos” y “nosotros” que se repite sin que los problemas de fondo sean atendidos. Frente a esa escena, recuperan otra propuesta de Ulloa: la ternura como salida. Hablar de ternura en un contexto de tanta ferocidad, sostienen, es una apuesta que desafía las estructuras existentes.
Rituales que reúnen, pero no a todas por igual
Los ritos marcan momentos significativos, refuerzan identidades y conectan a las personas con su historia. Aparecen en la cultura, la política, el deporte y la religión. Pero ¿todas las personas participan de ellos en las mismas condiciones?
Esa es la pregunta que atraviesa “La mitad silenciada del rito: género y poder en la tradición religiosa”, de Karen Muñoz, publicado en el segundo número. La autora señala que, aunque los rituales ofrecen pertenencia, las mujeres suelen ocupar un lugar subordinado o secundario en muchas tradiciones religiosas y en la organización de sus espacios.
Para mostrarlo, recorre ejemplos de distintos credos en los que su participación fue o sigue siendo prohibida o limitada, y advierte que algunas de esas reglas se fueron modificando con el tiempo. Su planteo es que los ritos refuerzan lazos sociales, pero la misma sociedad que los sostiene puede restringir quién participa en ellos.
Con Cornelius Castoriadis, Muñoz recuerda que no solo incorporamos estas formas sociales: también las producimos y podemos transformarlas. De allí que cuestionar lo instituido permita visibilizar desigualdades. El artículo vincula esa búsqueda con la Ley Micaela, las movilizaciones de Ni Una Menos y los Encuentros Nacionales de Mujeres, y plantea que la igualdad de género requiere un profundo cambio cultural en las instituciones y en las representaciones que las sostienen.
Las ceremonias mínimas que le dan un lugar a la infancia
Un niño pasa por juzgados, hogares de abrigo y centros de salud sin que ninguno llegue a ser un lugar estable. No hay una figura adulta que permanezca ni un ritual que se repita. ¿Qué sostiene entonces su subjetividad cuando las instituciones del Estado se fracturan?
Tatiana Parra parte de esa escena en “Ceremonias mínimas en tiempos de fragilidad institucional”, publicado en el tercer número. Su respuesta no apunta a reformas estructurales, sino a algo más inmediato: los actos simbólicos que, en la vida cotidiana de las instituciones, transmiten que hay un orden que no aplasta, sino que da lugar. Minnicelli los llamó “ceremonias mínimas”.
Son gestos concretos: un saludo que se repite, la constancia de un horario, llamar a alguien por su nombre. No requieren recursos extraordinarios. Lo que los hace ceremoniales es su repetición, porque transmiten algo de lo estable y lo confiable, que no depende del humor de quien está a cargo.
La autora distingue entre la ley jurídica, que establece derechos por escrito, y su función simbólica, que también se inscribe en las formas de trato. Por eso sostiene que lo pequeño es profundamente político: afirmar con un gesto que un niño tiene nombre, que su historia importa y que habrá alguien la próxima semana restituye algo de lo humano allí donde fue vulnerado.
Lo que se repite también enseña
Un módulo penitenciario, una ceremonia religiosa y el recorrido de un niño por distintas instituciones parecen tener poco en común. Leídos en conjunto, invitan a mirar más allá de las normas y a detenerse en lo que se repite: quién puede entrar, quién queda afuera, quién es tratado como enemigo y quién es llamado por su nombre.
Cada artículo propone su propio camino: la ternura frente a la mortificación, la pregunta por la igualdad en los ritos y el valor de los gestos cotidianos. Juntos dejan una inquietud que excede a cada escenario: aquello que una institución hace todos los días también dice algo sobre el lugar que les da a las personas. Y lo que fue construido, muchas veces, también puede empezar a hacerse de otra manera.





