Los prejuicios, las expectativas sociales y las categorías establecidas pueden condicionar la manera en que reconocemos a otras personas. A través de tres artículos de Interpelarmente, la revista de Psicología Institucional y Organizacional de la Atlántida, exploramos cómo se construyen estas miradas y por qué es necesario revisarlas para reconocer la diversidad de experiencias y trayectorias personales
Una niña que obtiene buenas calificaciones y parece adaptarse sin dificultades a la escuela. Una adolescente cuya identidad queda asociada al hogar donde vive. Una institución que reproduce prácticas y formas de pensar que parecen naturales. En estas situaciones, aquello que resulta más visible no siempre permite comprender lo que verdaderamente sucede.
Las categorías con las que interpretamos la realidad nos ayudan a organizarla, pero también pueden limitar nuestra mirada. Cuando una conducta se considera normal, una identidad queda reducida a una etiqueta o una práctica institucional deja de cuestionarse, corremos el riesgo de desconocer experiencias, necesidades y posibilidades de transformación.
En esta nueva entrega de Interpelarmente recuperamos tres trabajos publicados en diferentes números de la revista de la Atlántida. Sus autores invitan a reflexionar sobre las tensiones entre lo establecido y lo nuevo, los sesgos de género en el reconocimiento de condiciones del neurodesarrollo y los imaginarios sociales que atraviesan la vida de adolescentes en instituciones de cuidado.
Cuestionar lo establecido para imaginar otras posibilidades
Las instituciones organizan buena parte de nuestra vida cotidiana. A través de sus normas, prácticas y relaciones construyen formas compartidas de actuar y comprender el mundo. Sin embargo, aquello que parece establecido también puede ser revisado y transformado.
En “La fuerza de lo instituyente en lo serial”, publicado en el primer número de Interpelarmente, Johana Elizabeth Birnunzio, Noelia Belén Colart y Javier Irusta recuperan aportes de la Psicología Institucional y Organizacional para reflexionar sobre las tensiones entre la estabilidad y el cambio. El artículo distingue entre lo instituido, vinculado con las normas y estructuras que sostienen el funcionamiento de las instituciones, y lo instituyente, entendido como una fuerza creativa capaz de cuestionar lo establecido y abrir nuevas posibilidades.
A partir de los aportes de Cornelius Castoriadis y Jean-Paul Sartre, los autores exploran la relación entre lo serial y lo instituyente. Mientras lo primero remite a formas de organización y repetición que pueden limitar la singularidad, lo segundo introduce la posibilidad de construir experiencias colectivas y generar transformaciones. Esta perspectiva permite reconocer que las instituciones no son estructuras inmóviles. En su interior conviven prácticas consolidadas con iniciativas, vínculos y experiencias que pueden modificar las maneras habituales de pensar y actuar.
El texto propone, así, una invitación a identificar aquellos momentos en los que lo nuevo comienza a emerger y permite resignificar lo establecido. Una reflexión que también abre preguntas sobre las categorías y representaciones con las que interpretamos a quienes forman parte de nuestras comunidades.
Cuando adaptarse también puede ocultar el malestar
Una niña obtiene buenas calificaciones, no interrumpe las clases y parece responder a todas las expectativas de su entorno. Su comportamiento suele interpretarse como una señal de bienestar. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad pueden existir dificultades que permanecen sin reconocer. En “Género, invisibilización y diagnóstico tardío en el neurodesarrollo”, publicado en el segundo número de Interpelarmente, Sabrina Lapenta analiza cómo las expectativas sociales y los sesgos de género pueden contribuir a que algunas niñas y mujeres reciban diagnósticos de condiciones del neurodesarrollo recién en la adultez.
La autora señala que determinados criterios clínicos fueron construidos a partir de modelos predominantemente masculinos de comportamiento. Esta situación puede dificultar el reconocimiento de manifestaciones que no responden a esos patrones y contribuir a que ciertas experiencias de sufrimiento permanezcan invisibilizadas. Uno de los conceptos centrales del artículo es la sobreadaptación, entendida como un esfuerzo excesivo por ajustarse a las demandas del entorno, incluso cuando eso supone relegar necesidades, emociones y malestares propios.
Desde esta perspectiva, comportamientos que suelen valorarse positivamente, como la obediencia, el buen rendimiento académico o la ausencia de conflictos, no necesariamente reflejan que una persona esté atravesando su experiencia escolar sin dificultades. Lapenta recupera observaciones de su trabajo como acompañante terapéutica para señalar que, mientras algunos comportamientos de los varones pueden ser identificados tempranamente como señales que requieren evaluación, ciertas manifestaciones en niñas pueden pasar inadvertidas porque se ajustan a las expectativas sociales.
La autora también reflexiona sobre el significado que adquiere un diagnóstico en la adultez. Para algunas personas puede ofrecer una explicación a experiencias anteriores y facilitar el acceso a acompañamientos adecuados. Sin embargo, también advierte sobre el riesgo de que las categorías diagnósticas se conviertan en etiquetas que reduzcan la complejidad de una persona. Frente a estas situaciones, propone ampliar la mirada profesional e incorporar el género, la cultura, la edad y el contexto como dimensiones relevantes para comprender las experiencias individuales.
El artículo invita a revisar los criterios con los que interpretamos determinados comportamientos y a reconocer que aquello que parece una adaptación exitosa también puede esconder necesidades de acompañamiento.
Cuando una etiqueta termina ocultando una historia
En ciudades pequeñas, las historias personales suelen circular con rapidez. A veces, alcanza con mencionar el lugar donde vive una persona para que aparezcan ideas, prejuicios y expectativas que condicionan la manera en que es percibida. En “Cuando una etiqueta pesa más que una historia: imaginarios sociales y estigmatización sobre las chicas del hogar”, publicado en el tercer número de Interpelarmente, Rocío Etchart reflexiona sobre las representaciones sociales que atraviesan las experiencias de adolescentes que residen en instituciones de cuidado.
La autora toma como referencia la ciudad de Dolores, en la provincia de Buenos Aires, donde determinadas denominaciones pueden adquirir un significado particular dentro de la comunidad. En ese contexto, la expresión “las chicas del hogar” puede funcionar como una etiqueta que termina definiendo socialmente a las adolescentes por su lugar de residencia. Sin embargo, sus experiencias son mucho más amplias. Las jóvenes también son estudiantes, amigas, deportistas y participantes de actividades culturales y comunitarias. Construyen vínculos, desarrollan intereses y atraviesan trayectorias personales que no pueden reducirse a una única condición.
A partir de los aportes de Cornelius Castoriadis, Etchart explica cómo los imaginarios sociales se construyen colectivamente y participan en la producción de sentidos compartidos. Estas representaciones influyen en las formas de interpretar la realidad y pueden reproducirse sin que necesariamente sean cuestionadas. El artículo también recupera la perspectiva de Denise Najmanovich para señalar que las experiencias humanas no pueden comprenderse de manera aislada. Cada trayectoria está atravesada por relaciones, contextos y condiciones históricas que forman parte de su singularidad.
Desde esta mirada, la institucionalización no constituye una identidad completa ni determina por sí sola las posibilidades de una persona. Reducir a las adolescentes a la categoría de “chicas del hogar” implica desconocer otras dimensiones de sus vidas y puede reforzar procesos de estigmatización.
Etchart propone cuestionar estas representaciones y reconocer cómo las palabras y las categorías sociales influyen en las oportunidades, los vínculos y las expectativas que se construyen sobre determinadas personas. Su reflexión invita a recuperar la singularidad de cada historia y a construir miradas más respetuosas, capaces de reconocer la diversidad de experiencias que existen detrás de una denominación compartida.
Reconocer lo que las etiquetas no cuentan
Las tres reflexiones abordan situaciones diferentes, pero comparten una preocupación: las formas establecidas de interpretar la realidad pueden dejar experiencias fuera de nuestra mirada. Mientras el primer artículo propone reconocer la fuerza transformadora de lo instituyente, el segundo muestra cómo determinados criterios y expectativas pueden invisibilizar necesidades de acompañamiento. El tercero permite comprender de qué manera los imaginarios sociales pueden reducir trayectorias personales a categorías que no alcanzan para describirlas.
En todos los casos, revisar lo que damos por supuesto aparece como una posibilidad para comprender mejor la complejidad de las experiencias humanas. No se trata de desconocer la utilidad de las normas, las categorías o las instituciones, sino de evitar que se conviertan en límites para reconocer aquello que las personas viven.
Desde sus diferentes perspectivas, estos trabajos de Interpelarmente recuerdan que detrás de cada comportamiento, diagnóstico o etiqueta existe una historia que merece ser escuchada en su singularidad.





