Desde la cátedra de Psicología Institucional y Organizacional de la Atlántida proponen esta reflexión sobre el desafío de formar profesionales capaces de conocer las herramientas históricas de la disciplina y, al mismo tiempo, interrogarlas frente a nuevas formas de subjetivación.
Por Jorgelina Ricchezza, Alba Rulli y Aurora Arena, integrantes de la Cátedra de Psicología Institucional y Organizacional.
Las maneras en que las personas se nombran a sí mismas están cambiando y con ellas también cambian algunas de las preguntas que la Psicología necesita aprender a formular. Fenómenos contemporáneos como las comunidades therian o prácticas juveniles como “farmear aura” ponen en circulación formas de identificación, reconocimiento y pertenencia que desafían categorías construidas en otros momentos históricos.
El interrogante no pasa necesariamente por determinar si esas experiencias encajan o no en las herramientas con las que tradicionalmente trabajó la Psicología. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando aquello que para una teoría funciona como metáfora es utilizado por una persona o una comunidad como una manera de nombrar su propia experiencia?
Esta tensión también interpela a las instituciones encargadas de formar profesionales. ¿Cómo transmitir conceptos, técnicas y teorías fundamentales para la disciplina sin convertirlas en categorías cerradas? ¿Cómo enseñar, al mismo tiempo, a reconocer que esos instrumentos tienen una historia, determinadas condiciones de producción y también límites?
El test desiderativo frente a nuevas formas de nombrarse
Se trata de una técnica proyectiva verbal destinada a explorar aspectos de la personalidad y los mecanismos de defensa. Fue desarrollado originalmente en España en 1946 por los psiquiatras Pigem y Córdoba y posteriormente adaptado y difundido en Argentina por Jaime Bernstein en 1956 bajo la forma del denominado Cuestionario Desiderativo, que alcanzó un amplio uso en los campos clínico y educacional.
La propuesta parte de una consigna aparentemente sencilla pero profundamente movilizadora: imaginar qué se querría ser y qué no se querría ser si no se pudiera ser persona.
Ese movimiento permite explorar el funcionamiento del Yo y confronta al sujeto con límites, pérdidas y ansiedades vinculadas con la propia finitud. En el desarrollo realizado por Bernstein adquiere particular importancia el análisis de la denominada disociación instrumental y la posibilidad de reconocer tanto los aspectos del sí mismo que se valorizan como aquellos que son rechazados. La potencia de la técnica no reside solamente en el objeto que una persona elige sino en la trama simbólica que sostiene esa producción.
¿Qué sucede, entonces, cuando las formas contemporáneas de nombrarse tensionan algunos de los supuestos desde los cuales históricamente se aprendió a interpretar esas respuestas?
Las comunidades que se reconocen bajo la denominación therian permiten formular ese interrogante. En estos casos, la referencia animal puede adquirir sentidos que exceden su utilización como un recurso simbólico individual para constituirse también en una forma de autodenominación, reconocimiento y pertenencia compartida.
El test presupone para su funcionamiento una disociación instrumental sostenida: una persona puede decir “querría ser X” precisamente porque puede establecer una distancia entre aquello que imagina y aquello que reconoce como realidad.
Pero ¿alcanza ese criterio, construido en otro contexto clínico y en otro momento histórico, para aproximarse a experiencias que se presentan mediante gramáticas diferentes?
La pregunta quizá no debería ser si estas identificaciones “pasan o no pasan” la prueba de un instrumento diseñado para otra finalidad. Pueden convertirse, en cambio, en una oportunidad para volver sobre las propias herramientas de la Psicología e interrogar sus alcances y límites.
No se trata de abandonar instrumentos ni de invalidar categorías con las que la disciplina ha trabajado históricamente. Se trata de preguntarse qué sucede cuando aparecen formas de subjetivación que no estaban contempladas en el momento en que esas categorías fueron construidas.
Cuando lo animal deja de ser solamente una figura
El fenómeno therian permite plantear incluso una pregunta anterior: ¿qué se entiende por “animal” cuando ese término se convierte en una referencia para nombrar una experiencia?
La tradición psicológica y filosófica abordó de diferentes maneras la relación entre lo humano y lo animal. En algunas de esas construcciones, lo animal quedó asociado con lo instintivo, lo corporal o lo prelingüístico, mientras que para lo humano quedaron reservados la conciencia, el lenguaje y la construcción simbólica.
La aparición de personas que utilizan categorías animales para nombrar dimensiones de su experiencia invita, como mínimo, a volver a interrogar esa distribución.
En los “conceptos fundamentales de la metafísica”, Martin Heidegger distinguía entre la piedra, que es “sin mundo”; el animal, “pobre de mundo” y el ser humano, caracterizado como “configurador de mundo”. La formulación, desarrollada originalmente entre 1929 y 1930, no propone una equivalencia entre humano y animal. Por el contrario, mantiene una diferencia ontológica radical entre ambos.
Precisamente por esa razón resulta productiva para pensar el presente. ¿Qué significa que aquello que una tradición filosófica situó en una posición diferente de la existencia humana pueda utilizarse hoy para nombrar aspectos de la propia experiencia?
Desde esa perspectiva, la cuestión puede desplazarse de preguntar si alguien “realmente cree ser un animal” hacia interrogantes diferentes: ¿qué lugar ocupa lo animal en la experiencia de sí? ¿Funciona como metáfora, juego, identificación, pertenencia, experiencia corporal o lenguaje comunitario? ¿Puede adquirir significados distintos para diferentes personas?
El desafío para la Psicología consiste justamente en sostener esas preguntas sin reducir de antemano una experiencia a una falla, una fantasía o un síntoma.
La lectura de Heidegger introduce, además, una advertencia epistemológica: antes de clasificar una experiencia también resulta necesario revisar las categorías desde las que se la observa. La pregunta por lo animal no habla solamente de quienes utilizan referencias animales para nombrarse. También interroga la definición de lo humano que sostienen las propias teorías psicológicas.
De las pertenencias colectivas a las identidades en circulación
Estas transformaciones tampoco pueden comprenderse sin una perspectiva histórica.
Las culturas juveniles encontraron en diferentes épocas lenguajes para producir pertenencia y diferencia. La contracultura de los años sesenta, el punk, el grunge y las denominadas tribus urbanas constituyeron, con enormes diferencias entre sí, formas de reconocerse colectivamente y de construir signos, estéticas, discursos y posiciones frente al mundo adulto.
Aquellas formas no desaparecieron y tampoco es posible hablar de las juventudes contemporáneas como una experiencia homogénea. Sin embargo, aparece una transformación significativa cuando una parte de las experiencias de reconocimiento comienza a circular también a través de plataformas digitales.
En su obra sobre la infocracia, Byung-Chul Han plantea que las sociedades contemporáneas están atravesadas por flujos de información fragmentados, acelerados y potencialmente virales, en un escenario en el que se debilita la continuidad de los grandes relatos. La pregunta que se abre es qué efectos tiene esa transformación sobre las maneras de construir, narrar y mostrar quién se es.
Las comunidades therian y prácticas juveniles denominadas “farmear aura” no son fenómenos equivalentes. Sin embargo, permiten observar, desde lugares diferentes, cómo la producción de identidad, reconocimiento y prestigio encuentra hoy escenarios públicos de circulación.
Una hipótesis posible puede ser que las plataformas digitales no funcionen únicamente como espacios para exhibir identidades previamente construidas, sino que participen también de los procesos mediante los cuales esas identidades se narran, encuentran reconocimiento y adquieren visibilidad.
Del querer ser al mostrar ser
“Farmear aura” ofrece un contrapunto particularmente interesante. Dentro de esta práctica, determinados gestos capaces de impresionar a otros pueden “sumar aura”, mientras que una torpeza o una situación considerada poco prestigiosa puede “restarla”.
A primera vista existen pocas semejanzas entre una persona que utiliza una referencia animal para nombrar una experiencia identitaria y alguien que adopta una pose calculada frente a sus pares para “ganar aura”.
Pero al aproximar ambos fenómenos, con cautela, a la lógica que pone en juego el desiderativo aparece una pregunta compartida: ¿qué se desea ser para los otros y qué aspectos de sí se intenta evitar, rechazar o transformar?
Las diferencias continúan siendo fundamentales. En las experiencias therian, la referencia animal puede formar parte de una autodenominación y encontrar reconocimiento dentro de una comunidad. En el “farmeo de aura”, en cambio, la ficción del puntaje funciona como un juego compartido: nadie necesita suponer que existe literalmente un marcador para que ese marcador produzca efectos en las interacciones.
En ambos casos aparece, aunque de maneras diferentes, una dimensión relevante: la producción de sí sucede frente a otros.
Aquello que en una técnica proyectiva podía desarrollarse en la intimidad de una entrevista encuentra también hoy escenarios de exhibición, reconocimiento, validación y respuesta inmediata. La pregunta por lo que se querría ser puede formularse, al mismo tiempo, mientras se muestra.
La animalidad también forma parte de la historia de la psique
La perspectiva de Carl Gustav Jung incorpora otra dimensión a la discusión. Mientras que en Heidegger la pregunta por el animal permite revisar las condiciones desde las cuales se piensa la diferencia entre existencia humana y animal, en Jung lo animal aparece desde el interior de la propia teoría de la psique.
Desde esta perspectiva, el ser humano no constituye una conciencia aislada de la historia de la vida. Su vida psíquica continúa atravesada por la dimensión instintiva y por formas simbólicas que exceden la biografía individual.
Los animales aparecen de manera recurrente en sueños, mitos, fantasías y producciones simbólicas pertenecientes a diversas culturas. En trabajos como “los arquetipos y lo inconsciente colectivo”, “la naturaleza de la psique” y “el hombre y sus símbolos”, Jung permite recordar que aquello denominado “animal” puede funcionar como una de las formas mediante las cuales la psique representa dimensiones de sí misma que no se agotan en la conciencia racional.
Esto no significa intentar explicar las identidades therian a través de categorías junguianas ni convertir el concepto de arquetipo en una respuesta contemporánea para un fenómeno que requiere ser comprendido dentro de sus propias condiciones históricas.
El aporte apunta hacia otro lugar: la relación simbólica entre humanidad y animalidad no comenzó con las redes sociales.
Lo animal puede funcionar como otro, símbolo, representación, objeto de identificación o dimensión de la experiencia psíquica. Precisamente por eso requiere una lectura capaz de sostener diferentes niveles de análisis sin apresurarse hacia una explicación única.
Heidegger y Jung parten de perspectivas que no pueden homologarse, pero ambos permiten introducir una incomodidad productiva para la Psicología: tampoco lo humano puede darse por supuesto como una categoría transparente.
Y esa discusión conduce a otra dimensión central: el papel de la institución que forma a quienes deberán encontrarse profesionalmente con estas experiencias.
Qué preguntas aparecen para la universidad
Desde la psicología institucional, estas transformaciones pueden observarse en un nivel que excede al individuo.
Las instituciones no solamente transmiten conocimientos. También transmiten categorías, maneras de nombrar, criterios de normalidad y formas históricas de comprender a los sujetos.
Cornelius Castoriadis profundizó esta perspectiva al sostener que toda sociedad se instituye a través de significaciones imaginarias sociales. Se trata de sentidos compartidos mediante los cuales una sociedad establece qué puede ser pensado, reconocido, valorado y legitimado.
En El avance de la insignificancia, Castoriadis permite comprender que aquello que una época considera evidente acerca del cuerpo, la identidad, la infancia, la sexualidad, la normalidad o incluso lo que significa “ser humano” no constituye necesariamente un dato natural e inmutable, sino que participa de procesos históricos de institución de sentido.
El fenómeno therian puede entonces pensarse más allá de determinar la veracidad o falsedad de una identificación individual.
Entonces, desde la psicología institucional aparece otro interrogante: ¿qué transformaciones en las significaciones sociales hacen posible que determinadas experiencias puedan ser formuladas, compartidas, reconocidas por otros y sostenidas comunitariamente?
La cuestión ya no consiste únicamente en preguntarse qué significa para una persona decir “soy un lobo”, sino en observar qué condiciones históricas, culturales, institucionales y tecnológicas permiten que esa afirmación encuentre un lenguaje, una comunidad y un espacio de reconocimiento.
Las nuevas formas de subjetivación no son producidas exclusivamente por las redes sociales, pero tampoco pueden pensarse como invenciones individuales desconectadas de la historia. Se constituyen en la intersección entre sujetos, instituciones, discursos, tecnologías y significaciones sociales.
Internet puede acelerar su circulación, ofrecer lugares de encuentro y reconocimiento y multiplicar las posibilidades de identificación. Sin embargo, no crea por sí solo aquello que una sociedad está en condiciones de imaginar.
La institución tampoco es solamente aquello que regula y establece límites. Participa, a su vez, en la construcción de las condiciones que permiten que algo pueda ser pensado y nombrado.
Formar profesionales para preguntas que todavía están abiertas
Esta tensión adquiere una relevancia particular dentro de la enseñanza de la Psicología.
La universidad forma profesionales a partir de conceptos, teorías, técnicas y herramientas que la disciplina construyó a lo largo de su historia. Pero formar también implica enseñar a reconocer que esas herramientas surgieron en determinadas condiciones históricas y que, por lo tanto, poseen alcances y límites.
Esta tensión puede comprenderse a partir de la relación entre lo instituido y lo instituyente.
Existe un saber instituido que necesita ser transmitido. Sin ese conocimiento acumulado no existen disciplina, historia ni formación posibles. Pero aquello que irrumpe y todavía no encuentra un lugar claro dentro de las categorías conocidas puede adquirir una potencia instituyente.
No necesariamente porque cada fenómeno nuevo tenga que transformarse inmediatamente en una nueva categoría psicológica, sino porque su aparición puede obligar a revisar aquello que el conocimiento establecido había dejado de interrogar.
Una institución formadora que se limita a repetir sus categorías corre el riesgo de convertir el conocimiento acumulado en un sistema cerrado. Una institución que abandona toda tradición frente a cada novedad pierde, en cambio, la posibilidad misma de transmitir conocimiento.
El desafío está en sostener esa tensión: transmitir sin clausurar, enseñar sin transformar las categorías en verdades definitivas, conservar las herramientas de lectura y permitir, al mismo tiempo, que aquello que irrumpe pueda interrogar las herramientas con las cuales se intenta comprenderlo.
Desde la cátedra de Psicología Institucional y Organizacional de la Atlántida, esta perspectiva forma parte de la enseñanza cotidiana. Transmitir herramientas supone también habilitar preguntas nuevas y sostener la tensión entre el conocimiento consolidado y aquello que todavía se encuentra en proceso de nombrarse.
Enseñar psicología institucional implica, desde esta mirada, aprender a observar no solamente al sujeto sino también las condiciones institucionales, culturales e históricas que hacen posible que determinadas formas de subjetividad emerjan, sean reconocidas y adquieran legitimidad.
Para quienes integran la cátedra, esa tarea supone además revisar la propia práctica docente.
Muchas de las categorías con las que actualmente se forman profesionales fueron construidas bajo condiciones históricas diferentes. Eso no las convierte en obsoletas, pero tampoco permite tratarlas como si fueran independientes de la historia.
La formación requiere ambas operaciones: conocer la tradición y aprender a interrogarla.
Educar implica aprender a pensar aquello que todavía no tiene nombre. En el escenario contemporáneo, esa tarea suma otro desafío: enseñar a leer aquello que comienza a nombrarse públicamente, en tiempo real y, muchas veces, antes de que las categorías disponibles hayan encontrado palabras para comprenderlo. Y quizás también aprender, como docentes, a escuchar aquello que todavía no sabemos nombrar.





