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EXPERIENCIA ATLÁNTIDAFACULTADESINSTITUTOSOPINIÓN

Vivir más años y seguir proyectando: vejez, edadismo y futuro en sociedades cada vez más longevas

Atlántida
Atlántida1 de octubre de 2026
Publicado en Oct. 01, 2026 at 12:20 am1 de octubre de 2026
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En el Día Internacional de las Personas Mayores, Carmen de Grado, psicóloga, magíster en Psicogerontología y docente de esta formación de posgrado en la Atlántida, propone revisar los prejuicios que todavía rodean a la vejez. Edadismo, vínculos, sexualidad, proyectos, creatividad y arte atraviesan una conversación sobre el desafío de proyectar vidas cada vez más largas.

“Qué bien estás, estás siempre igual”. “Ya no tenés edad para eso”. “¿Cómo te vas a vestir así?” “¿Vas a salir con alguien ahora?”

No siempre el edadismo se presenta como un rechazo explícito. A veces aparece en una frase dicha con afecto, en una expectativa sobre cómo debería comportarse alguien a determinada edad o en la sorpresa frente a una persona mayor que se enamora, comienza un proyecto, cambia su manera de vestir o decide aprender algo nuevo. Para Carmen de Grado, esas expresiones cotidianas permiten reconocer una idea más profunda: todavía persisten formas de imaginar la vejez como un tiempo en el que algunas posibilidades deberían empezar a cerrarse.

La especialista cuestiona especialmente la expectativa de permanecer iguales a medida que pasan los años. En un tiempo atravesado por enormes cambios, sostiene, envejecer también supone transformarse, aprender y revisar las propias ideas sobre lo que significa cumplir años.

“Hay que llevar una buena dosis de rebeldía, de cuestionamiento y también de autocuestionamiento para revisar esas situaciones cotidianas que muchas veces parecen amigables. Que nos digan ‘qué bien estás, estás siempre igual’ puede estar dicho con cariño, pero no se trata de permanecer siempre iguales ni de estar bien porque seguimos pareciendo jóvenes.”

El planteo adquiere otra dimensión cuando se observa el cambio demográfico que atraviesan las sociedades contemporáneas. Vivimos más años y esa conquista modifica la manera en que pensamos el trabajo, los vínculos, la educación, las ciudades, los cuidados y también nuestra relación con el futuro. En ese escenario, el Día Internacional de las Personas Mayores, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1990 y conmemorado cada 1 de octubre, abre una oportunidad para preguntarnos no solamente cómo acompañamos la vejez, sino cómo nos preparamos, individual y colectivamente, para vidas cada vez más largas.

En 2026, Naciones Unidas propone como lema “La era de la longevidad: repensar los sistemas para vidas más largas”, una invitación a pensar el envejecimiento más allá de las trayectorias individuales. El aumento de la longevidad transforma las sociedades y plantea la necesidad de revisar sistemas construidos alrededor de vidas más breves, desde el empleo y las jubilaciones hasta la vivienda, la salud y el aprendizaje a lo largo de la vida. La propuesta pone así en primer plano una pregunta que atraviesa también esta conversación: qué necesitamos transformar para que vivir más años signifique poder hacerlo con autonomía, participación, seguridad y dignidad.

La vejez se construye a lo largo de la vida

Pensar el envejecimiento desde una perspectiva de curso de vida cambia el punto de partida. Ya no se trata de una etapa que comienza abruptamente a determinada edad, sino de un proceso atravesado por las experiencias, decisiones, vínculos, pérdidas y transformaciones que se producen a lo largo de toda la vida.

“Cuanto antes empecemos, mejor”, plantea De Grado. Para la especialista, no existe un único momento en el que comencemos a construir nuestra manera de envejecer porque las diferentes etapas están relacionadas entre sí. La mediana edad puede convertirse, sin embargo, en un período especialmente significativo para empezar a preguntarnos cómo queremos transitar los años que siguen, qué esperamos de nuestra vida y de qué manera enfrentamos los cambios.

En ese recorrido también aparecen las pérdidas. De Grado no las niega ni las convierte en experiencias necesariamente positivas. Su planteo pasa por otro lugar: la manera en que atravesamos situaciones difíciles y aquello que podemos aprender de ellas también inciden en las etapas posteriores de nuestra vida.

La docente cuestiona así la asociación automática entre edad avanzada, enfermedad, dependencia y deterioro. La vejez puede incluir dificultades, enfermedades y pérdidas, pero ninguna de esas situaciones constituye por sí misma una definición de lo que significa ser una persona mayor.

“La edad avanzada no está necesariamente ligada a la enfermedad, a la decrepitud, a la invisibilidad ni a un tiempo de tristeza. Vivir más puede ser también la posibilidad de llegar a otra etapa con muchas experiencias anteriores y con recursos que fuimos construyendo para afrontar lo que nos sucede.”

La diversidad es, de hecho, una de las características centrales del envejecimiento. La Organización Mundial de la Salud advierte que las diferencias que observamos entre las personas en edades avanzadas están profundamente relacionadas con sus trayectorias y con los entornos físicos y sociales en los que transcurrieron sus vidas. Por eso, hablar de envejecimiento saludable no significa imaginar una única forma correcta de envejecer, sino favorecer las capacidades que permitan a cada persona continuar haciendo aquello que considera valioso.

Cuando el prejuicio parece un elogio

El edadismo permite ponerle nombre a muchas de las situaciones que De Grado reconoce en la vida cotidiana. La Organización Mundial de la Salud lo define a partir de los estereotipos, prejuicios y formas de discriminación dirigidos hacia otras personas o hacia nosotros mismos en función de la edad. Puede afectar a diferentes generaciones, aunque sus consecuencias sobre las personas mayores alcanzan la salud, el bienestar, la participación y el ejercicio de derechos.

Las marcas del tiempo en el cuerpo no deberían convertirse automáticamente en signos de algo que debe ocultarse o corregirse. De Grado propone reconocer que el paso de los años también deja huellas en nuestra manera de pensar, de relacionarnos y de comprender el mundo. Envejecer implica cambios y, con ellos, un trabajo permanente sobre uno mismo.

Algo similar ocurre cuando determinadas experiencias comienzan a considerarse impropias para una edad. La vestimenta, una nueva pareja o la sexualidad aparecen entre los ejemplos más frecuentes. Detrás de esas observaciones aparentemente pequeñas persiste una división que asigna posibilidades, deseos y comportamientos esperables según los años cumplidos.

Revisar esas representaciones forma parte también de la agenda internacional sobre envejecimiento. La Década del Envejecimiento Saludable 2021–2030, liderada por la OMS, incluye entre sus áreas prioritarias transformar la manera en que pensamos, sentimos y actuamos frente a la edad y el envejecimiento. Las otras líneas apuntan a desarrollar comunidades que favorezcan las capacidades de las personas mayores, brindar atención integrada centrada en las personas y garantizar cuidados de largo plazo para quienes los necesiten.

Vínculos que no tienen fecha de vencimiento

Para la especialista, lo vincular constituye un factor protector especialmente valioso y, al mismo tiempo, complejo. No se trata solamente de “estar acompañado”, sino de poder construir relaciones que permitan compartir experiencias, resolver conflictos, hacer cosas con otros y continuar participando de la vida social.

En ese punto también cuestiona la idea de que determinadas relaciones pertenecen exclusivamente a una etapa de la vida. Se pueden construir nuevas amistades, conocer a alguien y formar una pareja o establecer vínculos significativos después de los 60, 70 u 80 años. Las tecnologías agregan, además, otras posibilidades: sostener relaciones con hijos o familiares que viven lejos, conocer personas de otros lugares y acercarse a culturas y experiencias que antes resultaban inaccesibles. De Grado reconoce que también existen riesgos y formas de superficialidad en esos entornos, pero subraya la capacidad que ofrecen para ampliar las relaciones y los aprendizajes.

Los vínculos intergeneracionales ocupan un lugar particular. Para De Grado, compartir actividades entre personas de diferentes edades no debería pensarse como un beneficio que circula en una única dirección.

“Seguir haciendo cosas con personas jóvenes puede ser un estímulo muy fuerte para las personas mayores, pero también es valioso para los jóvenes. Es un ida y vuelta: compartir actividades, intereses y experiencias entre generaciones puede enriquecer a unos y a otros.”

Esa reciprocidad cambia la manera de pensar la participación de las personas mayores. Ya no se trata únicamente de qué puede hacer una sociedad por ellas, sino de qué sucede cuando personas de distintas edades continúan trabajando, creando, aprendiendo y participando juntas.

Qué son las zonas azules y por qué aparecen cuando hablamos de comunidad

Al hablar de vínculos, De Grado introduce un concepto que durante los últimos años alcanzó una enorme difusión: las llamadas zonas azules, regiones estudiadas por presentar concentraciones inusuales de personas que alcanzan edades muy avanzadas.

El origen del término es anterior a su popularización mediática. A fines de la década de 1990, el médico Gianni Pes y el demógrafo Michel Poulain comenzaron a investigar la distribución de personas centenarias en Cerdeña, Italia. En un trabajo científico publicado en 2004, junto con otros investigadores, identificaron un área de la región centro-oriental de la isla con una concentración particularmente elevada de longevidad extrema, a la que denominaron “blue zone”. El propio estudio advierte que no puede establecerse una única causa de esa longevidad.

El concepto fue luego ampliado y popularizado internacionalmente por el explorador y divulgador Dan Buettner a partir de trabajos difundidos por National Geographic. A Cerdeña se sumaron Okinawa, en Japón, la península de Nicoya, en Costa Rica, Icaria, en Grecia y la comunidad de Loma Linda, en California. En estas poblaciones se observaron distintos elementos asociados a la longevidad, entre ellos la alimentación, el movimiento cotidiano, los vínculos sociales, el sentido de propósito y la pertenencia comunitaria. Es importante no convertir esas observaciones en una receta universal. Las investigaciones sobre longevidad extrema continúan discutiendo el peso de dichos factores.

En la conversación, De Grado recupera especialmente una dimensión: la vida comunitaria. Para ella, levantarse sabiendo que podemos hacer algo por otra persona y, al mismo tiempo, que contamos con otros cuando los necesitamos representa una forma de pertenencia que puede tener un lugar significativo en el bienestar.

Seguir proyectando después de la jubilación

Una mayor longevidad modifica también las coordenadas con las que durante mucho tiempo se ordenó la vida. Si una persona se jubila alrededor de los 60 o 65 años y puede vivir veinte o treinta años más ¿qué lugar ocupa el futuro en esa etapa?

“Una de las cosas que más satisfacción puede darnos es levantarnos y encontrar que tenemos proyectos, cosas para hacer que nos gustan y nos interesan. Hay personas que se jubilan y recuperan actividades que habían dejado, otras continúan trabajando a otro ritmo y otras encuentran nuevos espacios de participación. Hay muchas formas posibles de seguir teniendo proyectos», remarca la especialista.

El planteo no desconoce las desigualdades económicas, las condiciones de salud ni las posibilidades materiales que atraviesan las diferentes vejeces. De hecho, De Grado amplía la discusión: una sociedad en la que las personas viven más años necesita repensar el trabajo, la previsión social, los sistemas de cuidado y las políticas públicas. La longevidad no puede resolverse únicamente mediante decisiones individuales.

Sin embargo, hay una dimensión subjetiva que la psicogerontología permite observar: tener más años por delante también implica poder imaginarlos como un tiempo abierto a nuevas posibilidades. Aprender, crear vínculos, enamorarse, trabajar de otra manera, participar de una organización o empezar una actividad no deberían convertirse en experiencias excepcionales simplemente porque ocurren después de determinada edad.

El arte también construye imágenes sobre la vejez

El vínculo entre psicogerontología y arte ocupa una parte importante de la trayectoria de Carmen de Grado. En sus investigaciones ha estudiado tanto lo que la experiencia artística puede aportar durante el envejecimiento como las representaciones de las personas mayores que distintas épocas construyeron a través de la pintura.

Para ella, el arte permite trabajar con una capacidad fundamental frente a los cambios: la creatividad. Crear supone recibir los estímulos del mundo, interpretarlos y producir algo nuevo con ellos. También supone expresar emociones, subjetividades y formas de comprender una época.

De Grado amplía además la idea de experiencia artística más allá de las disciplinas tradicionales. Las artes visuales, la danza, la música, la cerámica, el arte callejero, el diseño e incluso los objetos y espacios cotidianos pueden producir experiencias sensoriales y emocionales capaces de movilizar a las personas. En ese proceso, sostiene, el arte ofrece también una posibilidad de transformación: tomar aquello que recibimos del mundo y producir algo diferente con ello.

Las imágenes artísticas permiten, al mismo tiempo, observar cómo una sociedad ha mirado la vejez. De Grado recuerda que durante el Renacimiento occidental la figura del anciano podía ocupar un lugar venerable. Menciona como ejemplo La creación de Adán, de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, obra en la que Dios aparece representado como un hombre de edad avanzada, fuerte y vigoroso. Con el tiempo, explica, esas representaciones fueron modificándose y la presencia figurativa de las personas mayores adquirió otros sentidos o perdió centralidad en determinados movimientos artísticos.

La reflexión llega también al arte contemporáneo a partir de una obra que la especialista ha trabajado en sus propias producciones: Shibboleth, de la artista colombiana Doris Salcedo. Presentada en la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres entre 2007 y 2008, la instalación abrió una extensa grieta en el suelo del museo. La obra de Salcedo aborda las divisiones producidas por el colonialismo, el racismo, la migración y las fronteras que separan a unas personas de otras.

De Grado recupera esa imagen y propone una lectura propia: pensar el edadismo como otra de esas grietas. La división entre “jóvenes” y “viejos” puede convertir la edad en una frontera que determina quiénes son considerados aptos para ocupar determinados lugares, participar o tomar decisiones.

“Podemos pensar el edadismo como una grieta entre quienes son considerados jóvenes y quienes son considerados viejos, una división en la que la edad termina funcionando como criterio para aceptar a unos y descartar a otros. En la obra, la grieta finalmente se cierra, pero queda su marca. Eso también resulta muy simbólico.”

La metáfora adquiere una dimensión particular por lo que ocurrió después con Shibboleth. Finalizada la exposición, la abertura fue cerrada, pero su huella permaneció en el piso de la Tate Modern. Esa cicatriz permite pensar las divisiones que una sociedad puede revisar sin negar que existieron ni desconocer las marcas que dejaron.

Repensar las ciudades para sociedades más longevas

Cuando la longevidad deja de pensarse exclusivamente como una cuestión individual, la conversación necesariamente alcanza a las ciudades. ¿Cómo deberían ser las viviendas, el transporte, el espacio público, los servicios, las oportunidades laborales y educativas de una comunidad en la que una proporción creciente de sus habitantes vivirá más años?

La pregunta tiene una expresión concreta en nuestra comunidad. Mar del Plata Longevity Hub parte de un dato significativo: el 34 % de la población de General Pueyrredón tiene 50 años o más. La iniciativa conecta comunidad, empresas, gobierno y ámbito académico para trabajar sobre dimensiones que incluyen empleo, salud, vivienda, tecnología, vínculos sociales y participación.

Durante 2026, el proyecto comenzó, además, un relevamiento destinado a residentes de 50 años o más para conocer cómo imaginan su vida y la ciudad en los próximos años. El objetivo es que las experiencias de quienes habitan Mar del Plata formen parte de las propuestas que puedan desarrollarse, incorporando una premisa especialmente relevante: las respuestas para sociedades longevas no deberían diseñarse solamente para las personas mayores, sino también con ellas.

Esta perspectiva atraviesa también el trabajo del Instituto de Estudios Gerontológicos y las propuestas académicas vinculadas al campo. La Maestría en Psicogerontología, de la que Carmen de Grado forma parte del equipo docente y que dirige la Dra. Graciela Zarebski, aborda el envejecimiento desde una perspectiva interdisciplinaria y de curso de vida.

A ese recorrido se suman la Especialización en Psicogerontología y, desde una mirada que amplía la longevidad hacia otras disciplinas, la Diplomatura Universitaria en Longevidad y Rediseño de Entornos. Esta última incorpora temas como trabajo e inclusión, aprendizaje a lo largo de la vida, intergeneracionalidad, tecnología, sistemas de cuidado, ciudades, movilidad, derechos, participación y economía de la longevidad. Son campos distintos atravesados por una misma transformación. Si las trayectorias vitales se alargan, también necesitan revisarse las instituciones y los entornos que las organizan.

Aprendemos toda la vida

De Grado reconoce que su formación en psicogerontología influyó profundamente en su manera de pensar la vida. En particular, recuerda una idea que alguna vez le transmitió un alumno: incluso las situaciones difíciles pueden dejarnos algo.

“Cuando tengo un problema trato de pensar qué puede enseñarme esa situación. No es fácil, porque los problemas nos angustian y nos apenan, pero también pueden darnos la posibilidad de aprender. Estamos aprendiendo toda la vida. Y que la muerte me encuentre viva.”


Carmen de Grado
Carmen de Grado

Psicóloga y magíster en Psicogerontología, psicoterapeuta de orientación psicoanalítica y docente de la Maestría en Psicogerontología. Su trayectoria académica y profesional articula este campo con el arte, la creatividad, la subjetividad y las representaciones sociales de la vejez.

Coordina el área de Arte y Personas Mayores del Instituto de Neurociencias, Investigaciones Clínicas y Estudios Interdisciplinarios (INICIEN) y ha desarrollado investigaciones, publicaciones y presentaciones académicas sobre el arte y el envejecimiento, la experiencia del tiempo, la creatividad y la longevidad. Entre sus trabajos se encuentran Psicogerontología, Arte y Futuro, La experiencia del tiempo en el sujeto envejeciente. Análisis de una obra del pintor Tiziano y Arte y Longevidad. La imagen del anciano en la pintura.

Tags:Estudios GerontológicosInstitucionalesMar del PlataPsicología
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