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Flora Proverbio: “Vivimos más años y necesitamos rediseñar el mundo para acompañar esas vidas”

Atlántida
Atlántida5 de agosto de 2026No hay comentarios
Publicado en Ago. 05, 2026 at 12:30 am5 de agosto de 2026
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La longevidad es una de las grandes conquistas de nuestro tiempo. Las personas viven más años, atraviesan nuevas etapas, sostienen proyectos, aprenden, trabajan, crean vínculos y participan activamente durante mucho más tiempo. Esta transformación demográfica también invita a revisar las instituciones, los servicios y las ciudades que fueron pensados para trayectorias de vida más breves.

Para Flora Proverbio, directora académica y coordinadora de la Diplomatura Universitaria en Longevidad y Rediseño de Entornos de la Atlántida, el aumento de la expectativa de vida representa una oportunidad para imaginar nuevas formas de trabajar, aprender, cuidar, habitar y relacionarnos.

En esta entrevista, analiza los prejuicios que todavía rodean a la vejez y propone incorporar a las personas mayores como protagonistas del diseño de las políticas, las tecnologías, los servicios y las ciudades.

¿Qué significa realmente hablar de longevidad y por qué el hecho de vivir más años nos invita a revisar la forma en que organizamos nuestras sociedades?

– Hay un dato que todavía no terminamos de dimensionar: en 2030, una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 60 años. Para 2050, serán alrededor de 2.100 millones. No estamos frente a un fenómeno marginal ni lejano, sino frente a una nueva estructura de la sociedad.

Por eso, hablar de longevidad no es hablar solamente de personas mayores. Es hablar de vidas más largas y de cómo esas vidas transforman la educación, el trabajo, la jubilación, los cuidados y la manera en que habitamos las ciudades. Una vida que puede durar noventa o cien años necesita instituciones capaces de acompañar distintas etapas, transiciones, aprendizajes y proyectos.

También me parece central aclarar que muchas veces la longevidad se presenta exclusivamente desde sus desafíos: para la salud, las jubilaciones, las empresas o el Estado. Pero esa es solo una parte de la conversación. También representa una enorme oportunidad para innovar, crear nuevos mercados, desarrollar tecnología, rediseñar servicios y generar empleo.

La economía de la longevidad no se limita al consumo de las personas mayores. Propone pensar cómo las vidas más largas transforman todos los sectores de la economía y de la sociedad. Ya no alcanza con adaptar algunos productos para un determinado segmento etario. Necesitamos rediseñar los entornos en los que vivimos: productos, servicios, organizaciones, políticas públicas y ciudades para una sociedad en la que vivir más años ya no sea la excepción, sino la norma.

La longevidad es una enorme conquista. El próximo paso es rediseñar el mundo para acompañar esas vidas más largas y convertir los años que sumamos en nuevas oportunidades de autonomía, participación, aprendizaje y desarrollo.

¿Conseguimos extender la expectativa de vida más rápido de lo que transformamos las condiciones en las que transitamos esos años?

– Conseguimos alargar la vida antes que reorganizarla. Esa distancia entre los años que sumamos y las instituciones que todavía deben actualizarse es, para mí, uno de los grandes temas de este siglo.

Vivimos más, pero muchas personas todavía encuentran barreras para continuar participando del mercado laboral. Vivimos más, pero las viviendas no siempre acompañan los cambios en la movilidad. Vivimos más, pero los cuidados continúan descansando principalmente sobre las familias y, dentro de ellas, sobre las mujeres. Vivimos más, pero seguimos hablando de educación como si aprender fuera una actividad reservada para la juventud.

En América Latina, además, este cambio ocurre sobre una realidad marcada por profundas desigualdades. La forma en que envejecemos depende del acceso que tuvimos durante toda la vida a la educación, la salud, el empleo formal, la vivienda y las redes de cuidado. La longevidad no elimina esas diferencias. Nos invita a reconocerlas y a construir respuestas que contemplen la diversidad de trayectorias. La pregunta que debemos hacernos es si vamos a empezar a transformar los sistemas con anticipación, mientras todavía tenemos margen para diseñar mejores soluciones.

Esa transformación requiere algo más que respuestas sectoriales. Necesita una mirada interdisciplinaria. La longevidad ya no es solo un tema de la medicina o de la gerontología. También interpela a la arquitectura, la economía, la tecnología, el urbanismo, el diseño, la comunicación, las políticas públicas y las organizaciones. Todos esos campos deberán aprender a trabajar juntos porque las vidas más largas atraviesan cada dimensión de nuestra sociedad.

¿Cuáles son los principales prejuicios que todavía existen alrededor de la vejez?

– El edadismo no siempre grita. A veces habla bajito. “Ya no está para eso”. “A su edad es normal”. “Mejor que no maneje”. “No va a entender la aplicación”. “Contratemos a alguien más joven”. “No le contemos para que no se preocupe”.

La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas hacia las personas mayores. Es un prejuicio extraordinariamente extendido y, al mismo tiempo, tan naturalizado que muchas veces ni siquiera lo registramos. El estereotipo dominante asocia automáticamente la vejez con enfermedad, rigidez, deterioro, dependencia y desconexión. Ese guion condiciona contrataciones, diagnósticos médicos, políticas públicas, productos, decisiones familiares y oportunidades de participación.

También condiciona la forma en que diseñamos servicios. Muchas veces se piensa primero la solución y recién al final se consulta a quienes la van a utilizar. Eso es exactamente lo contrario de lo que necesitamos. Si queremos construir una sociedad longeva, las personas mayores deben dejar de ser consideradas destinatarias pasivas para convertirse en protagonistas del diseño de las soluciones que las involucran. No se trata solamente de diseñar para ellas, sino de diseñar con ellas.

El edadismo también se instala adentro. Las investigaciones de Becca Levy, de la Universidad de Yale, encontraron que las personas con percepciones más positivas sobre su propio envejecimiento vivían, en promedio, siete años y medio más que quienes habían internalizado visiones negativas. Lo que creemos sobre la edad no es inocuo: puede ensanchar o encoger el futuro que imaginamos para nosotros mismos. Por eso me gusta decir que el edadismo no solo discrimina hacia afuera; también nos limita hacia adentro.

Muchas veces, cuando una persona envejece, se considera que ya no tiene lugar en el mercado laboral. ¿Qué debería cambiar?

– Hay una contradicción bastante evidente: discutimos cómo acompañar carreras laborales más extensas, pero muchos procesos de selección empiezan a descartar personas mucho antes de la edad jubilatoria. Lo primero que tiene que cambiar es la idea de que el talento tiene fecha de vencimiento.

También tenemos que revisar cómo imaginamos una carrera laboral. Seguimos pensando trayectorias de cuarenta años diseñadas para una expectativa de vida que ya no existe. Si las personas van a vivir noventa o cien años, probablemente necesiten atravesar distintas etapas profesionales, períodos de formación continua, reconversiones, pausas y nuevos comienzos.

Ese es uno de los grandes desafíos de la longevidad: no se trata simplemente de extender la edad jubilatoria, sino de rediseñar el trabajo para carreras más largas, flexibles y diversas. Continuar trabajando no significa permanecer cuarenta años en el mismo puesto, con el mismo horario y la misma intensidad. Puede significar emprender, asesorar, enseñar, trabajar por proyectos, reducir la carga horaria o iniciar una segunda carrera. No hay una única manera de seguir participando de la vida productiva. Tampoco debería haber una única manera de retirarse.

¿Por qué persiste una mirada que reduce el aporte de las personas mayores?

—Porque seguimos midiendo el valor humano con una calculadora bastante rudimentaria. Registramos cuánto cuesta una jubilación, una prestación médica o un sistema de cuidados, pero no siempre contabilizamos el consumo, los impuestos, el trabajo comunitario, el conocimiento transmitido, el cuidado de nietos, el apoyo económico a hijos adultos o el funcionamiento cotidiano de tantas familias sostenidas por personas mayores.

Si hablamos en términos de desarrollo, la cuenta es todavía más incompleta. Las personas mayores no solo consumen: también producen, emprenden, trabajan, cuidan, innovan y participan de la vida económica durante mucho más tiempo que hace unas décadas. Cuando alguien sale del empleo formal, pareciera desaparecer también de la vida productiva. No es cierto. Además, cuando una persona es mirada solamente desde sus necesidades de asistencia, existe el riesgo de que su opinión pierda peso y que los demás comiencen a decidir por ella.

La dependencia puede aparecer en distintos momentos de la vida. Lo que debemos revisar es por qué seguimos interpretándola como una pérdida de valor. Todos vivimos en interdependencia, aunque durante buena parte de nuestras vidas tengamos el privilegio de no advertirlo.

¿Podría decirse que hay una infantilización de las personas mayores?

– La escena es muy conocida: una persona mayor entra al consultorio con su hija y el médico le habla a la hija. Ella está ahí, escucha y comprende, pero la conversación ocurre por encima de su cabeza. También infantilizamos cuando usamos diminutivos, administramos información, retiramos objetos “por las dudas”, controlamos horarios, opinamos sobre una nueva pareja o decidimos que alguien ya no puede manejar su dinero sin haber evaluado realmente su capacidad. Muchas veces se hace con cariño. Ese es el problema: el afecto vuelve más difícil reconocer la violencia que puede esconderse detrás de la sobreprotección. Cuidar no es sustituir. Acompañar no es apropiarse de la decisión.

Si realmente queremos construir una sociedad preparada para vidas más largas, necesitamos incorporar una perspectiva de derechos. Las personas mayores deben participar en las decisiones sobre su propia vida y también en aquellas relacionadas con las políticas, los servicios y los entornos que las afectan.

Una persona puede necesitar ayuda para hacer algo y conservar, al mismo tiempo, el derecho a decidir cómo quiere hacerlo. Ahí empieza una sociedad verdaderamente preparada para la longevidad.

¿Qué derechos y espacios de participación necesitan fortalecerse?

– Cada vez que un derecho se convierte en un permiso administrado por otros, la autonomía se debilita. Hablamos del derecho a decidir dónde vivir, a trabajar, a aprender, a disponer del propio dinero, a participar políticamente, a recibir información comprensible, a tener intimidad, sexualidad, vínculos y proyectos. También del derecho a aceptar riesgos razonables.

No alcanza con reconocer derechos en una convención o en una ley si después la persona no puede llegar al lugar donde se toman las decisiones, comprender un trámite digital, pagar el transporte o encontrar un canal donde su opinión tenga consecuencias reales. El desafío va incluso un paso más allá. No alcanza con garantizar derechos individuales; también necesitamos garantizar la participación de las personas mayores en el diseño de las respuestas que construimos como sociedad.

Durante mucho tiempo hablamos sobre ellas. Ahora tenemos que empezar a diseñar con ellas. Su experiencia es una fuente de conocimiento imprescindible para pensar políticas públicas, servicios, tecnologías y ciudades que realmente respondan a las necesidades de una población más longeva. La política también suele tener un edadismo silencioso. En ocasiones descarta referentes mayores por considerarlos “de otra época” y, al mismo tiempo, no desarrolla una agenda consistente para el grupo poblacional que más va a crecer durante las próximas décadas. Participar no es ser invitado a una foto. Es tener capacidad real para incidir.

Cuando se habla de envejecimiento activo ¿cómo evitar que el concepto se convierta en una nueva exigencia individual?

– A veces el envejecimiento activo se convierte en un nuevo mandato: hay que hacer gimnasia, comer perfecto, meditar, viajar, aprender idiomas, tener amigos y mantenerse siempre ocupado. Es una vara bastante cruel. Las decisiones personales importan, claro. Pero nadie envejece en el vacío. Envejecemos dentro de una vivienda, un barrio, una economía, una familia, un sistema de salud y una ciudad.

La Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento saludable a partir de la capacidad funcional: la posibilidad de ser y hacer aquello que valoramos. Esa capacidad no depende solamente de nuestro cuerpo o de nuestra salud, sino también del entorno que nos rodea. Por eso me gusta hablar menos de “envejecer bien” y más de rediseñar los entornos para vivir mejor durante más tiempo. Podemos recomendar caminar, pero hacen falta veredas. Podemos promover vínculos, pero hacen falta espacios de encuentro. Podemos hablar de autonomía, pero hacen falta viviendas adaptadas, transporte accesible, tecnología inclusiva y sistemas de cuidado que acompañen.

Ese cambio de mirada es central. Dejamos de poner toda la responsabilidad sobre la persona y empezamos a preguntarnos qué necesita cambiar en los sistemas para que pueda desarrollar una vida plena. La longevidad no se construye únicamente a partir de hábitos saludables. También depende del diseño urbano, las políticas públicas, la innovación, la economía y la organización social. Es, por definición, un desafío interdisciplinario.

No todas las personas llegan a edades avanzadas en las mismas condiciones. ¿Cómo atraviesan la longevidad las desigualdades económicas, sociales y de género?

– Las desigualdades funcionan como un interés compuesto: se acumulan durante décadas y aparecen con toda su potencia en la vejez. Una trayectoria laboral informal puede convertirse en una jubilación insuficiente. Los años de cuidado no remunerado pueden traducirse en menos aportes y menos ahorros. Una vivienda precaria envejece junto con quien la habita. La falta de prevención sanitaria deja marcas que aparecen mucho tiempo después. La longevidad no borra la biografía. La amplifica.

Por eso es un error pensar que existe una única manera de envejecer. En América Latina convivimos con trayectorias profundamente diversas, atravesadas por diferencias económicas, educativas, territoriales y de género. Dos personas con la misma edad pueden llegar a esa etapa de la vida con niveles de salud, autonomía y oportunidades completamente distintos. La longevidad tiene, además, un rostro mayoritariamente femenino. Las mujeres viven más, pero muchas veces llegan a edades avanzadas con menores ingresos, carreras laborales interrumpidas y una historia de cuidado no remunerado que condiciona su autonomía económica.

Por eso no puede haber una política seria de longevidad sin perspectiva de género, de derechos y de equidad territorial. Si queremos diseñar una sociedad preparada para vidas más largas, tenemos que reconocer que las personas no envejecen igual. Las soluciones tampoco pueden ser iguales para todos.

¿Qué cambia cuando las personas mayores participan activamente en el diseño de las soluciones que las involucran?

– Cambia, primero, la pregunta. Una institución puede creer que el problema es que las personas mayores no utilizan una aplicación. Cuando las escucha, descubre que la aplicación exige contraseñas imposibles, tiene una tipografía diminuta o intenta resolver algo que nadie necesitaba resolver. Diseñar con las personas mayores permite comprender la experiencia completa: qué quieren hacer, qué obstáculos encuentran, qué apoyos aceptarían, qué lenguaje utilizan y qué consideran valioso.

La innovación en longevidad empieza escuchando. No necesitamos profesionales que lleguen con soluciones prefabricadas, sino personas capaces de investigar, observar y construir respuestas junto con quienes viven esas experiencias.

También permite reconocer algo fundamental: la enorme diversidad que existe entre las personas mayores. No representa lo mismo una mujer de 60 años que trabaja y cuida a su madre que un hombre de 87 que vive solo. No existe “la persona mayor” como una categoría homogénea. La cocreación no consiste en mostrar un proyecto terminado para pedir opinión. Significa incorporar a las personas mayores desde la definición del problema hasta la evaluación de la solución. Dejan de ser beneficiarias para convertirse en socias del proceso de innovación.

¿Por qué muchos productos, políticas o servicios destinados a personas mayores no logran conectar con quienes deberían utilizarlos?

– Porque suelen diseñarse para una persona mayor imaginaria. Una especie de personaje de PowerPoint: frágil, dependiente, poco tecnológico, conservador y con mucho tiempo libre. Esa persona no existe. No es lo mismo tener 52 que 82 años, vivir solo que cuidar a una pareja, seguir trabajando que estar jubilado, entrenar para una maratón que utilizar un andador. La heterogeneidad es la regla.

Muchas soluciones no funcionan porque parten de estereotipos en lugar de partir de evidencia. También porque fueron diseñadas desde una única disciplina. Un ingeniero resuelve un problema tecnológico, un arquitecto piensa el espacio, un médico mira la salud y un economista analiza la sostenibilidad. Pero las personas viven todas esas dimensiones al mismo tiempo.

Por eso necesitamos una mirada interdisciplinaria. La longevidad no puede abordarse desde compartimentos aislados. Requiere integrar conocimientos y construir soluciones que contemplen simultáneamente la experiencia de uso, la viabilidad económica, la inclusión, la accesibilidad y la calidad de vida. Muchas veces, además, nos concentramos en la funcionalidad y nos olvidamos del deseo. Algo puede ser técnicamente correcto y, al mismo tiempo, resultar estigmatizante, complejo o poco atractivo. Y todo aquello que nos hace sentir definidos únicamente por nuestra edad, generalmente, no queremos usarlo.

Cuando hablamos de rediseñar entornos, ¿nos referimos solamente a eliminar barreras arquitectónicas?

– Una rampa, por sí sola, no transforma una ciudad. Rediseñar entornos implica revisar todo aquello que puede expandir o limitar nuestra autonomía: las veredas, el transporte, la vivienda, la iluminación, los cuidados, los servicios de salud, la tecnología, el empleo, la información, la seguridad y los espacios de encuentro. Pero también hay barreras invisibles. Un trámite exclusivamente digital. Una búsqueda laboral que descarta currículums por edad. Una aplicación bancaria difícil de utilizar. Una institución que se comunica solamente con los hijos. Por eso hablamos de entornos y no solamente de infraestructura. El entorno es físico, pero también es digital, económico, institucional, cultural y social.

Rediseñar entornos significa entender que una sociedad longeva necesita ciudades, organizaciones, servicios, experiencias y políticas públicas capaces de acompañar la diversidad de sus habitantes. El territorio nunca es neutral. Puede ampliar las posibilidades de una persona o reducirlas profundamente.

Una diplomatura para diseñar respuestas

Estos debates forman parte de la Diplomatura Universitaria en Longevidad y Rediseño de Entornos, una propuesta de la Facultad de Psicología de la Atlántida que busca brindar herramientas para analizar y desarrollar respuestas frente a las transformaciones producidas por las vidas más largas.

La formación tiene una duración de cinco meses y una carga horaria total de 120 horas. Se dicta de manera virtual, con clases semanales sincrónicas, encuentros de mentoría, masterclasses y un proyecto final aplicado.

La propuesta reúne aportes de la gerontología, la psicología, la arquitectura, la economía, la tecnología, el urbanismo, el diseño y las políticas públicas.

Todo el recorrido se organiza alrededor de un caso real: el desarrollo de Mar del Plata como Longevity Hub. Quienes participen trabajarán sobre problemáticas y oportunidades concretas de la ciudad para elaborar proyectos que contribuyan a construir una comunidad preparada para vidas más extensas, diversas y participativas.

Desde esta perspectiva, la diplomatura propone formar profesionales capaces de dejar atrás las respuestas basadas en estereotipos y comenzar a diseñar, junto con las personas mayores, ciudades, organizaciones, servicios y políticas que reconozcan la longevidad como una conquista y una oportunidad de transformación social.

Sobre Flora Proverbio

Es referente en economía de la longevidad y fundadora de Granspan, consultora especializada en la economía de la transición demográfica. Es autora, speaker, columnista y docente, y trabaja en el desarrollo de estrategias y proyectos orientados a comprender y acompañar las transformaciones que producen las vidas más largas en las organizaciones, los mercados y las ciudades.

Tags:DocentesEstudios GerontológicosExtensiónPsicología
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